XI - Una nueva vida



Los nova del cuerpo sanitario estaban trasladando a Lara al hospital, a pesar de que ella insistía en que se encontraba bien, su herida ya no estaba.

—Será mejor que te examinen de todas formas, por si acaso —Yenis, aunque volvía a tener la ropa hecha jirones, estaba en plena forma también. Lara sonrió y no protestó más.

Al día siguiente a Lara le dieron el alta y quiso acompañar a su amigo a las afueras de la ciudad, donde éste quería rendir homenaje a su amigo caído en combate. Llevaba una pala y una antorcha encendida consigo, a pesar de que era de día y el sol lo iluminaba todo. Llegaron al lugar planeado y acto seguido aparecieron tres caras conocidas. Démeter, Ítalo y Jacob no pensaban perderse el funeral de su antiguo compañero.

—Creíamos que lo conocíamos más que nadie… pero a ti te estimaba más que a nosotros —Ítalo no perdía su seriedad.

—Sentimos no habernos dado cuenta antes de lo que estaba pasando —dijo Démeter.

—Si te hubiéramos ayudado, las cosas no estarían así… —Jacob tampoco sabía cómo reaccionar.

—No importa. Os agradezco que hayáis venido, de verdad. Estoy seguro de que él habría querido que todos estuviéramos aquí…

Yenis clavó temporalmente la antorcha en el suelo para ponerse manos a la obra. Planeaba hacer un pequeño montículo de tierra a modo de tumba para luego dejar en su cima una buena base de ramas y prenderles fuego, pero Lara le detuvo.

—No pensarás que dejaré hacerlo todo solo, ¿no?

Dicho esto, del suelo emergieron una serie de ramas y enredaderas que se fueron entrelazando entre sí formando algo parecido a la base vertical de una antorcha. Ahora tenían ante ellos una base de antorcha perfectamente capaz de soportar el fuego y no quemarse ni derretirse. Yenis cogió su antorcha y encendió la que acababan de crear sus amigos. A continuación, Lara apagó la que sostenía Yenis.

—Descansa en paz, amigo mío…



Yenis había vuelto finalmente a su casa, debía mantener una larga conversación antes de irse. Sus padres nunca se habían alegrado tanto de volver a verlo sano y salvo, así que le recibieron con el mayor de los abrazos.

—Nosotros no podíamos tener hijos, Yenis… así que cuando te encontramos fue como una bendición divina. Aquella noche en el río, en la parte inferior de la catarata… Por suerte estábamos volviendo a casa y pasamos por allí… Te oímos llorar… —su madre no pudo contener las lágrimas.

—Ambos te criamos como a nuestro propio hijo… sentimos no habértelo dicho antes…

Yenis los abrazó.

—Siempre seréis mis padres.

***

Séfenir y Yenis se encontraban a las afueras, lejos de la ciudad para poder hablar con calma e irse sin molestar a nadie. Séfenir acababa de crear un portal de vuelta a la Tierra.

Yenis estaba vestido con unas ropas más típicas de la Tierra que de su pueblo, compradas a propósito para su viaje, y con una maleta en el suelo.

—Entonces… ¿Qué va a pasar ahora?

—Una serie de ciudadanos con conocimientos en la materia, Hermes entre ellos, han formado una asamblea, y se ha decidido que en unos días habrá una votación en toda la ciudad para decidir si habrá un rey o seguiremos como hasta ahora, votando a los representantes del pueblo. Si sale la segunda, habrá también importantes cambios en las leyes para prever la corrupción.

—Me alegro… ¿Y nadie ha preguntado por Víctor?

—Hubo quien lo hizo, pero con todos los testigos contando la misma versión… La verdad ha salido a la luz y ha quedado clara, nadie se ha revelado a estas decisiones. Por cierto, ¿al final qué pasó con el anillo?

—Al volver vi que su luz se había apagado, y no ha vuelto a brillar. Nadie sentía ya ninguna energía emanando de él, así que se ha devuelto, por respeto al rey Azrael, a la cámara en la que siempre estuvo, aunque ya sin vigilancia alguna. Ahora solo es una baratija normal y corriente… ¿Tú qué vas a hacer a partir de ahora?

—¿Yo? No vivo muy lejos de aquí… y la vida en palacio tenía su monotonía. Tranquilo, estaré bien —era la primera vez que Yenis veía a Séfenir casi riendo—. ¿Seguro que quieres irte? Hay quien me dijo que se preocupaba de que hicieras algún disparate, como entregarte a la justicia de ese planeta…

—Diles a mis padres que no se preocupen. Viviré como ellos, bajo sus normas. Al fin y al cabo, aquí ya no tengo mucho futuro…

—No, si no fueron tus padres quienes me lo comentaron…

Hasta que Lara cortó la conversación apareciendo ante ellos. Su expresión reflejaba preocupación hasta que vio que Yenis aún seguía ahí. Entonces, puso de golpe su mejor sonrisa.

—Buf… Por fin os encuentro, sí que os habéis ido lejos.

—Lara… Ya veo…

—¿Qué…?

—Nada, no importa. Séfenir, ¿te importa dejarnos a solas? Me gustaría despedirme de mi amiga.

—Claro que no. Cuídate mucho, ¿vale? Recuerda que aquí tienes tu hogar y puedes volver cuando quieras.

—Gracias.

Séfenir sacó sus alas y emprendió el vuelo de vuelta a la ciudad. Yenis sabía que otro momento difícil había llegado.

—Lara… Yo…

—Bueno, entonces te vas de vuelta a ese planeta, ¿no? Si esa es tu decisión… sabes que siempre estaré preocupada por ti, pero sé que sabes cuidarte solito.

—Lo siento.

—¿Hum? ¿Por qué dices eso? —Lara se volteó hacia él.

—No disimules, por favor. Sabes que esto es un adiós, luego no podré volver.

Lara sintió como se le aceleraba el corazón. Yenis finalmente se había dado cuenta de sus sentimientos, pero ella también había visto los suyos. Luchó con todas sus fuerzas, pero no pudo evitar romper a llorar. Se puso frente a él.

—Siempre me has gustado… Nos llevamos bien desde que éramos niños… Y ahora… —Yenis la abrazó.

«Ya está. No necesito nada más. Solo quiero que este momento no acabe nunca…», pero Lara sabía que eso no podía ser así.

Yenis se disponía a soltarla, así que su amiga se secó las lágrimas.

—Más vale que esa Sara sea tan buena como yo, o no te lo perdonaré nunca, eh… —Lara casi se reía.

—No creo que tenga ningún futuro posible con ella… Ya sabes que yo…

—No la conozco, pero estoy seguro de que entenderá todo lo que pasó. Ya se lo explicaste mientras volvías a este mundo, ¿no?

—Eso no es excusa. Lo que hice no tuvo excusa…

—La tuvo, y es que yo tuve la culpa.

—La culpa fue mía.

Lara se llevó la mano a la cabeza.

—¿Estás tratando de retrasar tu viaje por miedo a que Sara te rechace?

Yenis se sonrojó y no dijo nada.

—Escucha: vas a volver a la Tierra, vas a conquistar a esa chica, la harás feliz y dejarás que ella te haga feliz a ti también, o no te perdonaré por rechazarme, ¿estamos? —Lara había conseguido finalmente su objetivo: hacer sonreír a Yenis—. Y… siento aquello que dije… Menospreciando a los humanos… No los conozco lo suficiente, no era quién para juzgar, ni lo soy ahora… Pero son iguales que nosotros. Todos somos iguales.

Yenis estiró su mano.

—Siempre seremos amigos.

—Por supuesto —Lara le devolvió el saludo.

Yenis se quitó su colgante.

—Este es el colgante que me regalaron mis padres al graduarme en el colegio… Lo recuerdas, ¿verdad? A mí ya no me sirve como antes… Pero a ti puede serte muy útil, me gustaría que te lo quedaras.

—Lo acepto encantada. Cuídate mucho, Yenis.

—Hasta siempre, Lara.

Yenis cogió su maleta y cruzó el portal, que desapareció al instante.

Lara estaba tranquila, ya podía seguir soltando sus lágrimas, pero ese colgante… Nada del mundo lo haría soltarlo.

—Espero que seas feliz, Yenis… Y Sara… Seas quien seas, cuida de él por mí…

***

Sonó el despertador, había llegado la hora de levantarse para ir a clase. Sara no tenía problemas en madrugar, así que como ya estaba en el lado opuesto a la pared se frotó los ojos, apagó la alarma y se levantó, aunque Yenis se encontraba muy a gusto.

—Ey... Despierta, Yenis… hay que ir a clase —Sara lo destapó, quedando a la vista su pijama azul.

Yenis comenzó a desperezarse… hasta que dio media vuelta para quedarse mirando a la pared.

—Solo cinco minutos más…

—¡De eso nada! ¡Venga ya, hombre! ¡Venga! —Sara tiraba de su brazo para intentar sacarlo de la cama— ¡Jooo! ¡Venga!

Unos minutos después ya estaban ambos vestidos y desayunados.

—Sara…

—¿Qué pasa…? Date prisa o llegaremos tarde…

—Tienes un grano de arroz en el labio.

Sara se sonrojó de golpe y porrazo, y casi se le cae la taza.

—Eres un indiscreto…

—¿Preferías que no te lo hubiera dicho…?

Sara no contestó, pero aún con su metro y medio de estatura y su cara roja, cruzó los brazos, poniendo cara de enfado y sus famosos mofletes hinchados.

—Venga, no te enfades —Yenis le acarició la cabeza—. Ea, ea…

Sara estaba roja como un tomate.

Cogieron sus mochilas y salieron inmediatamente. Al contrario de cuando empezó el curso, Sara ahora tenía una sonrisa en sus labios. No, mejor dicho, ahora tenía una sonrisa al contrario de antes de conocer a Yenis.

—Como lleguemos tarde será culpa tuya…

—Perdón, perdón… es que tenía sueño —dijo Yenis mientras se reía.

Sara miró de nuevo a Yenis con la mejor cara de enfado que pudo poner, pero él no pudo evitar sonreír, al ver las mejillas hinchadas que ponía Sara cuando Yenis hacía algo que le parecía inadecuado.

No obstante, ambos se entendían sin necesidad de palabras: ni Sara estaba enfadada ni Yenis se reía de ella; a él le encantaba la cara adorable con mofletitos que ponía, y ella lo sabía. Yenis sabía distinguir perfectamente una ironía de un enfado de verdad.

Llegaron a las puertas del instituto un minuto antes de que sonase la campana, así que ambos relajaron el paso. Justo antes de entrar, vieron una cara conocida, aunque casi irreconocible por el corte de pelo que Julia se había hecho. Ahora lo tenía algo más corto y llevaba un lazo de color violeta en él, pero lo que más les sorprendió ya no es que fuera con una supuesta amiga, lo cual implicaba que ya no estaba sola, sino que iban cogidas de la mano. Julia se percató de su presencia, y le dijo a su compañera que se fuera adelantado, que enseguida la alcanzaba, y así lo hizo. Entonces fue hasta ellos. Sara le cogió la mano a Yenis y la apretó con fuerza, pero él estaba tranquilo.

—Lo… Lo…

Yenis suspiró.

—No pasa nada —Yenis quería cortar la tensión de una vez.

—Lo siento… —dirigió su mirada hacia Sara—. ¡Lo siento mucho! Yo… Sé que no tengo excusa… No era yo… Verás… Hace tiempo tuve un percance…

Sara no dijo nada, se limitó a estirar su brazo.

—¿Quieres que seamos amigas?

Julia no pudo contener sus lágrimas.

—Por supuesto… —sonrió y ambas juntaron sus manos—. Encantada, Sara. Soy Julia.

Sara le dedicó su mejor sonrisa y el timbre sonó.

—Será mejor que vayamos o no nos dejarán entrar en clase —dijo Yenis sonriendo.

Horas más tarde, Sara tiró a la papelera más cercana el envoltorio de su chocolatina. Hacía frío, pero ni la mayor de las ventiscas les iban a impedir dar un paseo por el parque. Como era inevitable, en las mentes de ambos aún florecían los recuerdos que habían compartido recientemente…

—Tú me… Me… Yo solo quería ser feliz contigo… —Yenis jamás había estado más incómodo. Había empezado a sudar, y acto seguido de arrodilló y se postró en el suelo. Su voz sonaba menos clara a causa de sus lloros.

—No tengo excusa… Nunca la tendré, pero… Antes no era yo… Solo te pido una última oportunidad… Además, ahora no podría hacerte ningún daño, aunque quisiera, que por supuesto jamás lo haría… —apretó un puño, fruto de la rabia de pensar en lo que hizo—. Sara, yo… Tenemos tanto en común… Y… me encanta lo bajita que eres… —no tenía sentido seguir pensando en aquello, nunca le iba a perdonar—. Si me permitieras demostrar que podemos ser felices… Por favor… —levantó la cabeza, llevándose la sorpresa de ver a Sara soltando una lágrima.

—Yenis… Pero… ¿estás seguro de esto…? ¿Es que quieres acabar tu vida conmigo…?

Yenis se levantó y abrazó a Sara lo más fuerte que pudo, con una mano en su espalda y la otra en su cabello. Ninguna otra respuesta lo hubiera hecho más feliz.

—Mi vida no se ha acabado, acaba de empezar. Contigo.

Ambos estaban nerviosos. Ambos tenían el pulso acelerado, pero aun así lograron lo que pensaban que sería imposible: juntar sus labios en perfecta armonía.

—A tu lado he podido estar, siempre yo observé tu empeño…

—Cada viaje te vi emprender… admirando tu valor… —Yenis no dudó ni un ápice respecto a lo que debía responder: conocía perfectamente esa canción.

—Si mi fuerza puede ayudar… a que se realice un sueño… —entonces Yenis, sabiendo que él cantaría el último verso, acarició la cara de Sara.

—Quiero nacer, quiero convertirme en el amor…

Una nueva aventura estaba a punto de comenzar.

Vivir como humano sería una gran aventura.

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