VII - Recuerdos: VII.V Huida



Llegó el día de la coronación, por lo que decenas de habitantes estaban reunidos en el castillo. No hubo ningún tipo de restricción y cualquiera podía asistir, las puertas del castillo permanecerían abiertas para que la gente de fuera también pudiera admirar aquel acontecimiento.

Al fondo, junto al trono, se encontraban Víctor y Séfenir, y junto a ellos los cinco integrantes de la nueva Guardia Real. Luego, entre la muchedumbre, en primera fila se encontraban Lara, sus padres y los de Yenis, quienes levantaron la mano para saludarle muy entusiasmados, pero el muchacho se limitó a dedicarles un intento de sonrisa.

—Tranquila, serán los nervios. Además, ahora está de servicio, no puede distraerse —el padre de Lara sintió la necesidad de consolar a su hija.

Séfenir, dando un paso al frente y con una pequeña campana en sus manos, dio unos toques para rogar silencio.

—Bienvenidos sean todos. Estamos aquí para, después de varias décadas sin un líder, sin una persona que asuma toda la responsabilidad que este país se merece, para entregarle las riendas a alguien que ha demostrado tener unas dotes como nunca antes se había visto en el uso de la magia…

Séfenir continuó hablando, pero Yenis empezó a sentir como un escalofrío le recorría todo el cuerpo, palmo a palmo, célula a célula.

—… un hombre capaz de realizar prodigios no vistos desde el reinado del antiguo monarca, un hombre con grandes dotes de liderazgo y conocimientos imprescindibles para nuestro reino…

Y ya que nos gobernará, ¿no es algo que deberíamos haber elegido nosotros?

Yenis estaba empezando a sentirse confuso, empezaba a dudar de si estaba haciendo lo correcto.

—Además, para consolidar su reino, le haremos entrega de la joya, del recuerdo que ha estado guardado en las profundidades de este castillo desde el fallecimiento de su dueño original… —entonces cogió una minúscula cajita de madera situada sobre la mesa que había junto a la silla del trono, y la abrió— ¡el anillo del rey Azrael!

La gente puso una expresión de asombro, era un anillo de oro, con una pequeña gema violeta ovalada incrustada. Parecía emitir un extraño poder.

Yenis sentía como una gota de sudor descendía por su cuerpo. ¿Era una buena decisión entregarle ese anillo, sin saber qué poder tiene exactamente, a alguien como Víctor? Había estado de pie en su posición todo el tiempo, dedicándole una sonrisa a toda la gente que se postraba ante él. Víctor no parecía una mala persona en absoluto, pero aquella sensación de ansia de poder, la fuerza que emite ese anillo, las palabras de Hermes… Todos esos pensamientos rebotaban y chocaban en su cabeza. Tal vez había elegido mal, tal vez unirse a la Guardia Real no había sido la mejor decisión que había tomado…

—¡Víctor! Con este gesto, te nombramos nuevo rey de…

Víctor finalmente se movió, disponiéndose a coger el anillo que le acababa de ser ofrecido.

Pero Yenis fue más rápido, se teletransportó junto a él, lo cogió y lo mantuvo en su puño cerrado.

—¡Yenis! ¡¿Qué haces?! —Hefesto no entendía nada.

Yenis miró en una abrir y cerrar de ojos a sus cuatro compañeros.

—Lo siento, chicos.

Se elevó sobre ellos mientras cerraba sus ojos, pronunciaba unas palabras y con su mano derecha extendida, con sus dedos índice y corazón, creaba un gran óvalo vertical formando un portal de color anaranjado. Lo cruzó e inmediatamente empezó a cerrarse, no sin que antes Lara pudiera seguirlo a través de él.

De pronto, ambos se encontraron en una zona descampada bastante extensa. Era de noche y, más al norte, muy alejado, un espacio reservado para vehículos. Yenis se alegraba de haber acabado donde quería: el planeta Tierra. Mucho habían aprendido de él en clase y mucho había leído Yenis por su propia cuenta. Pero lo primero era lo primero: rápidamente se encerró en una esfera de fuego opaca y tocó su colgante con el anillo. Éste se convirtió en una luz que se introdujo en el artilugio, pero su aspecto no cambió en absoluto. Yenis ya no sentía la presencia de la joya. «Bien» pensó, así que deshizo la esfera que le rodeaba.

—¡Yenis! ¡Volvamos ahora mismo!

Para su sorpresa, Lara apareció detrás de él.

—Lara… No has debido venir. Vete a casa, por favor. El portal se acaba de cerrar, así que no podrán seguirnos, solo ponerse a buscar entre los montones de lugares y planetas posibles.

—Pero ¡¿qué dices?! ¡Has cogido el anillo real, has creado un portal a otro mundo para huir, ¡¿y me dices que me vaya?! ¡¿Sin ninguna explicación?!

—Tú no lo entiendes… Ese hombre… Sus intenciones no son buenas, estoy seguro.

—Yenis… Tú quisiste unirte a la Guardia Real. Sé que te has esforzado mucho. ¿Por qué dices esto ahora?

—Lo siento, no es fácil de explicar… pero esto te supera, Lara. Di que no me has encontrado y vete.

—No pienso hacerlo. Quizá tú no valores tener un rey, pero yo sí. Volvamos ahora y seguramente te perdone.

—Lara… Me he equivocado. Proteger a ese hombre no es lo que hubiera querido Lander… Y ahora sé que no es lo correcto. Ese hombre… Lo único que le importa es el poder, te lo prometo…

Lara apretó los puños.

—¡Has conseguido entrar en la Guardia Real! Cuando me enteré, me sentí orgullosa. Siempre supe que podías conseguir todo lo que te propusieras, ¡¿y ahora haces esto?!

—Lara, yo me quedaré en este planeta y donde haga falta hasta que encuentre un escondite apropiado para el anillo, o la forma de destruirlo. Te agradecería que te fueras. Puedo crear un portal de regreso —Lara no soportaba seguir discutiendo con su amigo. Unas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

—¡Yo también quise entrar en la Guardia Real! También entrené hasta alcanzar el nivel cuatro. Pero me dijeron que ya eran cinco miembros y no admitían más. Me frustré, pero me alegré por ti. ¡Solo quería estar cerca de ti!

—¿Cerca de mí? ¿Por qué? —Lara empezó a ponerse colorada e incómoda. Pero no era el momento de mostrar sus sentimientos. Se secó las lágrimas con la manga.

«Si quiero que le perdonen… no tengo otro remedio que llevármelo por la fuerza» pensó.

—Yenis… No te preocupes, tanto Víctor como tus compañeros lo entenderán.

Yenis se disponía a suspirar, pero antes de que pudiera hacerlo tuvo a Lara frente a él, con la palma de su mano derecha creando una esfera de agua que envolvió a Yenis por completo.

Yenis intentaba impregnar su mano en fuego para realizar un tajo y crear una brecha en la esfera, pero el agua no dejaba de apagárselo. Se concentró para intentar teletransportarse fuera hasta que la esfera cedió y sus restos se evaporaron, mientras Yenis permanecía impregnado en llamas por completo.

—¡Lara! No quiero hacerte daño…

—¡Ni yo tampoco!

Entonces ella sacó sus alas y empezó a ascender. De pronto se paró y junto sus manos. Empezó a lloviznar, pero enseguida aumentó el caudal. Volvió rápidamente hacia el suelo: si sus alas se mojaban no podría volar correctamente.

—Así que piensas dejarme sin opciones con esta tormenta…

—Solo quiero que volvamos a casa. Por favor…

—Lo siento. No puedo.

Lara bajó su mirada, pero el gesto le duró poco. Creó una espada de agua y se lanzó a por Yenis, que se defendió con una espada de fuego más que caliente. Yenis pudo darle media vuelta a Lara y cogerle ambas manos, pero entonces ella dio un salto hacia atrás con suficiente impulso como para que Yenis cayera al suelo y la soltara.

La lluvia cesó, y Yenis se incorporó mientras Lara le miraba a escasos metros frente a él.

—Parece que te ha durado poco la borrasca…

—Ya ha cumplido su cometido.

—¿Qu…?

De pronto Yenis se encontró con que no se podía mover: sus pies estaban atrapados en un hielo demasiado grueso como para romperse fácilmente. Yenis intentó usar el fuego para deshacerlo, pero no funcionó.

—Vas a necesitar algo más potente para derretir este hielo.

Lara impregnó su mano con una gran masa de agua. Yenis sabía que sus intenciones podían ser de todo menos buenas, así que pensó rápido.

Entonces ella se teletransportó a unos metros sobre él. Empezó a caer con su mano derecha por delante. Yenis actuó sin pensar: recubrió su mano derecha del metal más duro que podía crear, le dio un puñetazo al bloque de hielo que retenía sus pies y, para su inmediata alegría, rompió.

No podía seguir defendiéndose sin hacer nada. No le haría daño, pero tendría que inmovilizarla para mandarla de vuelta.

Desapareció y reapareció a unos pocos metros. Luego creó dos espadas, de fuego y metal, una en cada mano, y acto seguido lanzó la de metal al aire. La mirada desviada de Lara duró lo suficiente como para que él le lanzara la espada de fuego, que poco antes de tocarla se agrandó y estiró hasta convertirse en un cilindro hueco que encerró la encerró, cubriéndola sobre un metro más que su altura. Yenis se disponía a ir hacia ella, pero entonces la tierra del suelo sobre la que estaba el cilindro empezó a elevarse, cubriendo la llameante columna, pero peor aún, apagándola. Lara reapareció detrás suya y se disponía a darle una patada, y aunque él cogió a tiempo su pierna y la giró para tirarla al suelo, ella pudo apoyarse en sus manos, girar sobre sí misma y golpearle con la otra pierna.

Yenis se incorporó, empezó a correr alrededor de Lara, rodeándola y lanzándole bolas de fuego, pero ella pudo usar el agua para apagarlas fácilmente. Entonces Lara hizo emerger del suelo trozos de éste y comenzó a lanzarlos, pero ninguno llegó a tocarlo. El chico desplegó sus alas, se elevó sobre ella y rápidamente creó una gran bola de fuego a la que añadió viento para aumentar su tamaño. Contra otra persona podía haber resultado peligroso, pero él sabía que eso no sería suficiente para detenerla. La lanzó.

Lara aprovechó la humedad que proliferaba en el terreno y formó ríos de tierra casi líquida para frenar el avance del ataque, mientras se encerraba en una esfera hueca de agua lo más gruesa que podía crear.

La bola acabó chocando, pero la tierra húmeda terminó por cubrirla del todo, apagarla y deshacerla.

Miró a Yenis, de vuelta en el suelo, viendo como creaba una espada de metal mucho más gruesa que la anterior. Lara pensó que esta vez atacaría con ella directamente.

Acertó. Yenis se lanzó y se dispuso a darle una estocada, pero Lara pudo parar la hoja cogiéndola con la mano impregnada en tierra para evitar el daño. Pero su plan no era simplemente detener el golpe.

—Lo siento, Yenis.

La masa de tierra desapareció dejando su mano al descubierto, pero entonces surgió el rayo: su mano se cargó de electricidad que inmediatamente la espada condujo por todo el cuerpo de Yenis. Lara paró el flujo y Yenis cayó al suelo. La descarga le había dejado algo chamuscado, y con la ropa quemada, pero entonces ella cayó en la cuenta: ¿cómo podía haberle chamuscado si estaban en el aire, haciendo un circuito abierto?

—Más lo siento yo, Lara…

De pronto, el paisaje que les rodeaba se partió en mil pedazos. Ambos se encontraban de pie, pero ahora Yenis detrás de ella, acababa de crear una pieza de metal a modo de esposas para sujetarle los brazos por la espalda.

—Esta es tu Habilidad Especial… Una ilusión que creaste mientras me protegía de tu esfera de fuego, ¿verdad…?

—Tuve un pequeño despiste creando esa descarga en circuito abierto, pero no importa: basta de pelear. Ahora te irás a casa, a ti no te dirán nada.

—No. Ahora nos iremos los dos.

De pronto, la pieza de metal se congeló y Lara pudo romperla a base de fuerza bruta.

Sacó sus alas, se elevó y lanzó unas cuantas bolas de agua lo más rápidas que pudo, pero Yenis pudo esquivarlas todas. Empezó a atacar con tajos horizontales y verticales de fuego con su mano, que Lara también logró esquivar. La muchacha apareció frente a Yenis con su mano cubierta de electricidad, pero él rápidamente estiró otra y lanzó una corriente de aire que la empujó hacia atrás.

Ambos tenían la respiración acelerada; estaban llegando a su límite. Había que acabar con esto ya. Lara miró a su amigo y se juró a sí misma que volverían juntos a casa.

Yenis recubrió su cuerpo en fuego, pero su plan no era lanzarse él mismo contra ella. Con ambas manos empezó a aumentar la temperatura tanto como pudo, pero Lara no perdió el tiempo: llevó a cabo la misma estrategia, pero usando el agua: frente a ella se estaba creando una masa líquida que era de todo menos ligera. Como dos láseres, ambos lanzaron sus ataques, formando dos corrientes horizontales de agua y fuego que chocaron en el medio.

—¡¡¡YENIS!!!

—¡¡¡LARA!!!

Como era de esperar, ella obtuvo la ventaja cuando el agua empezó a barrer al fuego. Yenis no quería hacerle daño, pero esto no la mataría, pensó. Y no podía dejar que Víctor consiguiera ese anillo…

Se concentró y aumentó aún más la temperatura. Su ataque avanzó, llegando a evaporar parte del agua de Lara. Pero era una batalla muy reñida; ninguno conseguía vencer al otro.

Hasta que ambos tuvieron la misma idea; no hecha antes por peligrosidad, pero no les quedaban más opciones: Yenis le añadió viento a su fuego y Lara, usando las sales minerales de su cuerpo, electricidad a su agua: el fuego empezó a expulsar ascuas y el agua, chispas. Pasarían un par de segundos antes de que sus ataques colisionaran por completo: todo se volvió blanco y ambos salieron despedidos hacia atrás en sentidos contrarios a velocidad vertiginosa. Ninguno supo nunca cuántos minutos u horas habían estado inconscientes…



Lara se incorporó como pudo. Sus alas ya no estaban, tenía la ropa destrozada y sentía todo el cuerpo dolorido. No veía a Yenis y otra lágrima brotó de sus ojos.

—¡Yenis! ¡¿Dónde estás?! ¡¡¡Yenis!!! —hasta que volvió a caer al suelo, agotada.

***

A algunos metros de allí, Yenis se incorporó, también sin alas y lleno de heridas. No sabía dónde se encontraba, así que buscó un lugar alto para poder situarse mejor. Caminó hacia una zona de la que brotaba una pequeña luz.

***

—¡Yenis…! ¿Dónde estás…?

Lara volvió a caer, pero enseguida se levantó y creó a partir de la tierra una vara de madera para apoyarse. Fue avanzando como pudo en busca de Yenis, pero él ya se había alejado bastante.

***

Yenis llegó a la zona proveniente de la luz: un pequeño mirador con una farola alumbrando el único coche aparcado que había y, junto a él, un chico alto y fuerte y una chica de pelo negro como el azabache.

—¿Te gusta este sitio, Julia?

—Bueno, no está mal, pero podíamos haber venido a otra hora, ¿no? Ahora hace frío… —dijo mientras cruzaba los brazos.

Entonces el chico se situó a su espalda, la cogió por la cintura y su mano empezó a desviarse hacia su entrepierna…

—¡Eh! ¡¿Qué haces?! —Julia se soltó.

—Venga, ambos sabemos para qué estamos aquí…

—Prefiero que me lleves a mi casa. Por favor.

—Tú no me vas a dejar a medias ahora… —empezó a caminar hacia ella, pero de pronto Yenis apareció de la nada, entre ambos.

—¿Q…? ¡¿Quién mierdas eres tú?!

—Vete. No creo que esta chica esté a gusto contigo…

—¡Y tú qué eres, ¿su hermano mayor…?! —tras lo cual le arrojó un puñetazo a Yenis, pero lo paró con una mano sin mayor dificultad.

Julia no entendía nada, pero este chico no parecía querer hacerle daño, así que permaneció donde estaba, detrás de Yenis. Entonces creó una pequeña llama en su otra mano. El chico entró en su coche a la mayor velocidad que pudo e inmediatamente se marchó. El fuego de Yenis se apagó y se dejó caer de espaldas sobre la barandilla de madera que delimitaba ese pequeño mirador. Julia quería saber quién era este chico y de donde había salido, pero pensó que lo primero era ayudarlo un poco.

—¿Te… te encuentras bien? No pareces estar en tu mejor momento… —le ayudó a incorporarse.

—No… Gracias… No me encuentro muy bien… —a Yenis le dolía bastante la cabeza.

Julia sacó un pañuelo y empezó a limpiarle las heridas a Yenis.

—No he hecho nada malo, ¿verdad…? Perdona si te he asustado…

—¡No, por favor! Muchísimas gracias. Quería hacerme daño, pero me has salvado. Pensé que ese chico sería de otra manera… ¿Puedo preguntarte cómo te llamas? ¿De dónde vienes? ¿Cómo has hecho lo del fuego…?

—Me llamo… Yenis… —miró brevemente al cielo— No te sabría decir de dónde vengo… No me acuerdo…

—¿Y cómo hiciste eso del fuego…? —Yenis miró su mano y permaneció unos segundos en silencio.

—Pues tampoco lo sé… Simplemente sentí que podía hacer aparecer fuego en mi mano… Y surgió solo de la nada…

—¿Y vienes de…? —Yenis seguía con la mirada perdida. Sin saber por qué la volvió a dirigir al cielo.

—No… estoy seguro…

Julia no entendía nada, pero este chico tenía amnesia… No es que no le estuviera agradecida, pero tal vez hasta estaba fingiendo hacerse el héroe para aprovecharse de ella después… A lo mejor no era buena idea confiarse tan pronto.

—Tendremos que coger un autobús, si es que aún quedan. Y yo tendría que volver ya a mi casa… Anda que menuda forma de terminar mis vacaciones de verano...

—Creo que no necesitamos movernos de aquí… Dame la mano. —la cara de Julia pasó a expresar la inquietud más absoluta. Como con el fuego, Yenis se estaba moviendo por instinto.

—¿Para qué…? ¿Qué quieres hacer?

—Dame la mano y piensa en el lugar al que quieres ir.

Julia no sabía si este chico podía hacer algo más que sacar fuego de la nada o si el golpe le había afectado gravemente a las neuronas. Pero no podía pasar nada por hacerlo. Cerró los ojos y pensó en el salón de su piso…

Ambos desaparecieron. Pero no habían reparado en la mirada que los espiaba desde un árbol: Lara había conseguido llegar hasta allí y había estado observando para pensar qué hacer, pero había confirmado que Yenis estaba vivo y a salvo, que era lo importante. Se apresuró a hacer memoria: hechizos de teletransporte, planetas estudiados... En unos minutos pudo crear un portal de color anaranjado idéntico al que había usado Yenis para llegar hasta allí, aunque este tenía un aspecto más inestable y presentaba ciertos temblores. Lo cruzó, poco más que dejándose caer, y apareció en la misma sala del trono, en la cual ya solo se encontraban Víctor, Séfenir y sus cuatro protectores. El portal desapareció.

—¡Lara! ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Dónde está Yenis?! —Séfenir fue el primero en ir hasta ella, pero ahora estaba inconsciente.

—Lara, ¡Lara! ¿Me oyes? —Víctor la cogió en brazos—. La llevaré a la enfermería ahora mismo. Séfenir, avisa a sus padres de que ha vuelto.

***

Julia abrió los ojos. Allí se encontraban ambos, en su piso.

—¿Es que también puedes teletransportarte…? ¿A dónde tú quieras…? —Julia normalmente no se creería semejante sinsentido, pero ni estaba para quejarse ni le apetecía retar a lo que veían tan claramente sus ojos.

—Parece ser que sí… No recuerdo muchas cosas ahora mismo… —Yenis se sentó en el sofá y se llevó la mano a la cabeza; y después a su colgante. Por algún motivo le parecía importante. Julia se sentó a su lado.

—Oye… No creas que hice esto nunca… Pero si quieres puedes quedarte a dormir aquí… A condición de que te vayas mañana.

—Sí, claro… No te preocupes. Mañana no te molestaré más —Yenis nunca se había sentido tan perdido, pero algunas cosas las tenía claras: acababa de sufrir algún tipo de accidente y esta chica desconocida le estaba acogiendo sin pedir nada a cambio. Se iría al amanecer, ya mirará cómo se arregla.

Julia fue a la cocina a prepararse un café, pero al final acabó preparando dos.

—Toma, anda. ¿Quieres azúcar? —Yenis no supo qué contestar, ya que esa bebida no le resultaba familiar.

—Lo tomaré así, gracias… —Yenis dio un sorbo que le costó tragar— Está bastante amargo…

—Menos mal que era con leche… Deja, anda. Me voy a dormir. Mañana empieza el nuevo curso. El baño está por allí, ¿de acuerdo? —Julia cerró la puerta de su habitación al mismo tiempo que Yenis le daba un rápido “Gracias”. Fue a darse una ducha y acto seguido volvió al sofá para pensar qué podía haberle pasado para acabar lleno de magulladuras… pero no pudo recordar nada.

Amaneció el día siguiente y ahí estaba Yenis, sentado en el sofá, con mejor cara que el día anterior. Julia se dispuso a ir a clase, pero acababa de darse cuenta de que no podía echar de casa a su invitado con la ropa andrajosa que llevaba puesta.

—Tengo que ir al instituto, pero tú no puedes salir así a la calle… ¿Por qué no avisas a tus padres?

—Lo siento, pero… No puedo recordar nada sobre nadie… No… recuerdo quién soy…

Julia se estaba cansando de su invitado, pero le daba algo de pena dejar a alguien así a su suerte.

—De acuerdo. ¿Te parece bien esperarme aquí toda la mañana? Me saltaré la última clase e iré a comprarte algo de ropa. Pero prométeme que no tocarás nada…

—No, no, por favor… Te agradezco mucho tu hospitalidad. Si haces eso por mí te lo agradecería… Puedo limpiar un poco la casa mientras…

—¿Hum? Vale, por mí… Pues espera aquí hasta la hora de comer más o menos. Te traeré ropa y comeremos juntos aquí.

Julia pasó una mañana relajada de primer día de curso mientras Yenis aspiró, fregó y les pasó un paño a los muebles. Cuando ella volvió, le costó disimular su sonrisa y la cara de tranquilidad.

«Bueno… Al menos todo sigue en su sitio… A lo mejor hasta es hasta de fiar y todo.»

—Te he comprado algo de ropa y he traído algo para comer…

—Oh, muchas gracias… Pero… No tengo con qué pagarte…

—No te preocupes, no tengo problemas de dinero. Tú cámbiate y comamos algo.

Yenis fue al baño a ponerse la ropa nueva; al menos ahora ya no aparentaba ser un pordiosero.

—Mucho mejor —dijo Julia, tras sacar una bandeja de aluminio del horno con una lasaña.

Empezaron a comer en absoluto silencio. Yenis quería romperlo de la forma que fuera para que la situación no pareciera tan tensa.

—¿Entonces vives tú aquí sola? ¿Tus padres están de viaje…?

—No, ellos viven en su casa, pero yo quería empezar a independizarme de alguna forma y buscamos un piso cerca del instituto. Tienen una gran empresa de telecomunicaciones. Cada mes me pasan un dinero y yo me encargo de cuidar de mí misma. Se está bastante bien.

—Vaya… ¿Y hoy empezaste el curso? ¿Qué curso es?

—Primero de Bachillerato. Este, otro y ya podré ir a la universidad.

—Ya veo…

Yenis se alegraba de que a la persona que le había ayudado le fuera bien, pero iba a tener que irse de ahí, y no tenía nada claro qué hacer…

—Oye… ¿Y cómo puedes teletransportarte y manipular el fuego? ¿Te has escapado de un laboratorio o algo? —Yenis sonrió y le faltó poco para reír.

—Me he pasado toda la noche pensando en ello, casi no pude pegar ojo. Miré mi colgante, pero no…

—Ah, sí, me gusta ese colgante, es muy bonito —Julia miró la hora del reloj colgado en la pared—. Mira… No sé cuánto conoces Coruña… Pero ¿quieres que por la tarde salgamos a dar una vuelta?

«Espero encontrarle alguna utilidad y no perder el tiempo…»

—Anda, pues… Te lo agradecería mucho.

Y así lo hicieron: Yenis estaba listo para salir, pero a Julia todavía no se la oía. Yenis fue hasta su habitación totalmente despreocupado, pero se la encontró cambiándose de ropa.

—¡¿Qué haces?! —Julia se bajó algo la camisa.

—Eh, no… Nada, perdón…

—¡Pues a ver dónde pones tú los ojos! Espera fuera.

—Lo siento… —Yenis cerró la puerta tras él.

Primero fueron hasta el instituto, ya que era lo que quedaba más cerca.

—¿Aquí es dónde estudias?

—Sí. Fue una suerte encontrar un piso tan cerca.

—Hombre, Julia… Buenas…

Julia se dio la vuelta y ahí estaba Débora, su, otra vez, compañera de clase como había podido comprobar esta misma mañana. En fin, era lo que había, pensaron ambas.

—Hola, Débora. ¿Dando un paseo?

—Sí, hay que aprovechar que aún no empezamos el curso… ¿Y este chico? Hola, soy Débora.

—Encantado, yo soy Yenis —tras lo cual se besaron en la mejilla.

—No me digas que te has echado novio…

«No. No vas a seguir tocándome la moral con eso»

Julia se apresuró a cogerle la mano a Yenis.

—Pues sí, somos novios. Y si no te importa querríamos un poco de intimidad.

Yenis no acababa de entender lo que le pasaba por la mente a Julia, pero prefirió no meterse de por medio. Percibió cierta irascibilidad en sus ojos.

—Bueno, bueno… Pues oye, que te vaya bien. En fin, me voy…

Débora se fue alejando y Julia le soltó la mano a Yenis.

—Perdona el numerito, pero esa chica y alguna otra llevan años discriminándome por no tener novio, diciéndome que acabaré sola… Pero ya estoy acostumbrada.

—Lo siento… Siento no poder ayudarte.

Ahora Julia se dio cuenta de su error: acababa de decir que estaba con este chico; si ahora siempre se la veía sola por la calle iba a quedar peor que mal. Igual había alguna forma de convivir con él…

—Oye Yenis… ¿te apetecería quedarte un tiempo a vivir conmigo?

Yenis se sorprendió. No se lo esperaba lo más mínimo.

—¿En serio? Pero… No quiero ser una molestia…

—Si eres tan ordenado como hoy no creo que vayamos a tener ningún problema… Lástima que no puedas acompañarme a las clases, porque eso ya sería…

—¿A tus clases? ¿Quieres decir… venir al instituto contigo? —dijo mientras señalaba el edificio.

—Claro, pero entre que el plazo de matrícula ya pasó y que no tienes DNI ni nada…

Yenis le cogió la mano a Julia y cerró los ojos. Sin que nadie los viera, ambos desaparecieron de ahí y reaparecieron dentro del instituto, en la secretaría. Julia conocía perfectamente el centro.

—Estamos dentro del centro… ¿Para qué nos traes aquí? Menos mal que no hay nadie…

—¿Sabes si las matrículas de los alumnos están por aquí?

—¿Las matrículas? Las matrículas… Serán esos montones de ahí —dijo Julia, señalando una mesa que estaba a rebosar de folios—. Se ve que aún no han terminado de archivarlas.

Yenis se acercó, cerró los ojos e hizo aparecer otro folio a mayores que, perfectamente cubierto como los demás, se colocó sobre el montón.

—Ya está; podemos irnos. Con esto ya estoy matriculado en tu clase y curso.

Julia no se creía lo que acaba de decir.

—Dime que es una broma…

—¿Por qué? ¿Crees que he hecho…

Julia se apresuró a cogerle la mano a Yenis.

—Nada, nada, no has hecho nada malo, tranquilo, todo está bien.

«Este chico es una caja de sorpresas. No sé de dónde ha salido, pero a mí no se me escapa.»

—Si haces el favor, vuelve a llevarnos a fuera, que tenemos que comprar material para clase.

Al día siguiente, el profesor de primera hora pidió en secretaría las matrículas de los alumnos para asegurarse de que todos sus datos fueran correctos. Una vez en el aula, los demás compañeros se extrañaron cuando vieron a Yenis, pero enseguida le saludaron y comenzaron a hacer buenas migas. Sara, por el contrario, aún no se había percatado de su presencia.

—Voy a ir pasando lista para comprobar que estéis todos. Julia —al oír su nombre levantó la mano.

—Presente.

—Yenis.

—Presente.

«¿Hum? ¿Yenis? No me suena haberle visto ayer…» pensó Sara.

—Débora.

—Presente.

«Vaya…»

—Sara.

Hubo un silencio total en el aula.

—¿Sara…?

La chica que se sentaba detrás suya se levantó y dio una palmada junto a su oído a la vez que gritaba su nombre.

—¡¡¡Sara!!!

Con este susto, ahora sí que se enteró.

—¡¡¡Sí!!! ¡¡¡Presente!!!

El silencio del resto de compañeros se tornó en risas.

—Buenos días, Sara. Ve despertando, que ya estamos en clase —dijo el profesor mientras intentaba no reír.

Sara se limitó a sentarse estando totalmente colorada.

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